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Los orígenes de la Universidad y Salamanca

Los orígenes de la Universidad y Salamanca
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Texto: Diana Montané |3º HIST+PER|@diaja52/Fotografía:  Beatriz de Lucas Luengo


“Actio est ius persequendi iudicio, quod sibi debetur” Así podría sonar una clase de derecho en la Edad Media. Esa época negra y oscura, donde se registraban matanzas, la cultura se escondía bajo las piedras, y el pensamiento imperante dominante eran las guerras, la sangre y la destrucción. ¿Verdad? Al menos esos son los susurros renacentistas que nos han llegado. Pero es una leyenda negra, de la que sembró la semilla Petrarca. Para que su nueva época pudiese renacer, los cimientos de la anterior tenían que arder. Por este motivo, crearon esa idea negativa de la Edad Media, contraria a la realidad de lo que verdaderamente aconteció.

Y es que hay un hito esencial en la época, tan importante que es la razón por la que ahora estamos aquí: Se crearon las universidades.

Al hablar de Renacimiento, la mente viaja a Italia y vuela sobre las genialidades que fueron fruto de las mentes avanzadas de Miguel Ángel, Donatello, Brunelleschi, étc. La luz abre paso a las sombras que supuso el gótico “arte de godos, y bárbaros”. Otro falso mito, pues la luz entraba igualmente en las catedrales creando espacios diferenciados que simulaban una Jerusalén Celeste.  Pero es que antes de este Renacimiento con mayúsculas, hubo otros, más discretos, aunque el que nos concierne es el que sucedió en el siglo XII. Ellos se llamaban modernos a sí mismos, para diferenciarse de los clásicos.

Decía Bernardo de Chartres: “Somos enanos a hombros de gigantes” (lo que significa que se sabían pequeños en comparación con los antiguos, aunque al estar encima de sus hombros, eran capaces de ver más allá).

Esta apertura a la antigüedad permite que entre el aire fresco de la cultura clásica. Y se construyen las universidades. Hay un debate sobre cuál fue la primera. París y Bolonia se disputan el primer puesto, ya que en Bolonia empezaba a bullir el espíritu universitario con una escuela de juristas, aunque parece que la primera que se denominó como tal es la de París.

La universidad medieval se caracterizaba por ser una corporación de estudiantes y profesores, buscar el saber (atestiguar la actividad docente e investigadora, la necesidad de descubrir novedades), y la universalidad de los saberes. Muy parecido al concepto actual. Aunque era necesario el reconocimiento del Papa, requisito impensable para la contemporaneidad.

El plan de estudios empezaba con el trívium en el que se estudiaba la gramática (arte de escribir y hablar correctamente), la dialéctica (probar lo que necesita ser probado) y la retórica (el arte de adornar las palabras). Todo el mundo era humanista, el sueño de los humanistas del presente. Una vez conocían estas materias podían pasar a especializarse. Junto con el quadrivium (geometría, aritmética, música y astronomía), formaban las siete artes liberales.

En el ámbito nacional, contrariamente a lo que piensa, la primera universidad fue la de Palencia, cuya fundación se sitúa en el siglo XIII, en 1208 obtuvo el reconocimiento eclesiástico y en 1212 el real por parte de Alfonso VIII. El obispo que reconoció la universidad, Tello Téllez de Meneses, había participado en la batalla de las Navas de Tolosa.

La Universidad de Salamanca fue la segunda castellana,  que impartió sus conocimientos a nivel europeo y este año celebra” sus 800 primeros años”, según decía su rector. Alfonso IX de León creó en el 1218 la “scholas Salamanticae”. La universidad se inclinaba hacia la vía jurídica, más en consonancia con el espíritu de Bolonia que con el de París y Oxford, más elevadas en el ámbito de la teología y las artes.

Los muros de la Universidad encierran secretos, curiosidades y mucho saber. Una de las anécdotas que más se ha repetido es la protagonizada por Fray Luis de León que empezó su clase: “como decíamos ayer”. Una frase típica de cualquier profesor, salvo que en su caso, había estado cinco años en la cárcel, por la crítica filológica al texto de La Vulgata y la traducción al castellano del Cantar de los Cantares, libro de la Biblia.

Retrocediendo un paso, al salir de la universidad, si uno quiere aprobar el semestre, debe encontrar la calavera sobre la que descansa una rana, en la fachada. Unamuno dirá sobre esta superstición: “no es lo malo que vean la rana, sino que no vean más que la rana”. Paseando por la ciudad, en un descanso de la universidad, se encuentra en la catedral nueva, el astronauta que ha desarrollado las teorías más dispares. Pero no se alejan de estas teorías disparatadas, las que se fraguaron en la cueva de Salamanca. Las leyendas cuentan que se estudiaba magia, alquimia y otras artes prohibidas.

Pero el corazón de la universidad se encuentra en su biblioteca, a la que accedimos por la escalera del conocimiento. Resulta curiosa la inscripción repetida en las cuatro esquinas de la biblioteca. “Hai excomunion reservada a su santidad contra cualesquiera personas que quitaren, distraxeren o de otro qualquier modo enagenaren algún libro, […] Si algún estudiante extraviaba un libro, sería excomulgado. Una pena que actualmente parecería inofensiva sería dramática en una época mucho más sumergida en la religiosidad.

Se muestran en la biblioteca, en visitas especiales, códices medievales de diversas temáticas. Se muestran incorruptibles, una Biblia Vulgata que se remota al siglo XIII, la Tabulatio et expositio de Séneca (una recopilación de términos empleados por el filósofo), y las Traducciones al castellano de Alonso de Cartagena de obras del mismo pensador nacido en la Córdoba romana.

De estos códices se inspiraron Steve Jobs y Bill Gates para la elaboración de los sistemas tipográficos actuales. La caligrafía era una de las formaciones y pasiones de Jobs así lo mencionará en su famoso discurso de Stanford.  Imagen de previsualización de YouTube. Pero no solo en la tipografía se puede apreciar esta influencia, sino que también en una esquina, en una mano que señala una línea y se asemeja a la mano que se utilizará para navegar por los sistemas operativos.

Imagen cedida por la Biblioteca General Histórica de Salamanca

Innovaban en las formas de los márgenes, y se asemejan a lo que haría Apollinaire con sus poemas, y es que no hay nada nuevo bajo el Sol. Los escribanos tenían una vida dura, pues la postura para la escritura les generaba calambres constantes. Decían que parecía que solo por tres dedos, que utilizaban para escribir, les dolía todo el cuerpo. Una vida abnegada y dura  y cuyo sacrificio permite que la sabiduría se haya conservado a lo largo de los siglos.

Estos códices fueron descubiertos, por los alumnos taiwaneses de la Facultad de Medicina, gracias a la iniciativa de Cristina Aguirre Cerezo, de Bibliotecas CEU y gracias a la buena relación con Actividades Culturales pues organizaron la excursión de manera conjunta. Y es que 2018, ha sido declarado por la Unión Europea, año de Patrimonio cultural, porque tal y como su lema señala: “nuestro patrimonio: donde el pasado se encuentra con el futuro”. Y la Universidad de Salamanca, es uno de los lugares donde mejor se da este binomio, donde pasado y futuro se mezclan para la perpetración del conocimiento.

FUENTES:

Apuntes de clase de Alejandro Rodríguez de la Peña.

http://diarium.usal.es/blanca_sa/salamanca/curiosidades-de-salamanca/

http://www.cervantesvirtual.com/portales/fray_luis_de_leon/autor_apunte/

https://europa.eu/cultural-heritage/about_es

 

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