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El prisma Fortuny

El prisma Fortuny
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Texto: Diana Montané


Mariano Fortuny (1838-1874) parecía sepultado por el paso del tiempo, por las arenas del desierto oriental que tanto le gustaban, pero ha vuelto a resurgir con la exposición que tuvo lugar en el Prado. Este resurgimiento no se limitó a la exposición, sino que el Museo Nacional del Prado organizó un ciclo de conferencias en el que se reunieron los mayores expertos del pintor. Todas las facetas del catalán fueron expuestas con delicadeza, y su personalidad quedó retratada a pinceladas.

Nació en Reus, y se formó en Barcelona, donde trabajó en el taller del escultor Domènec Talarn. Se trasladó a Roma donde conoció a su gran amigo Simonetti. Con la Primera Guerra de Marruecos, en 1860, viajó a dibujar los acontecimientos. Quedó deslumbrado por la luz. El cuadro de la batalla de Tetuán es uno de los más importantes de su obra. Volvió a Roma donde se casó con Cecilia de Madrazo, hija del pintor español Federico de Madrazo, que llegó a pintar la alta nobleza de la época, hasta la reina Isabel II fue retratada por él. Fortuny viajó a Londres y a Nápoles, concretamente a la pequeña ciudad de Portici, topónimo que resonó con mucha fuerza en el auditorio del Prado, por la relevancia que tuvo en su vida. Murió en Roma debido a una hemorragia estomacal, a los treinta seis años. Su corazón fue enterrado en Reus.

 

 

El pintor catalán supo ver más allá representando desde lo más cotidiano a lo más onírico. Le interesaban los mendigos y gitanos, su esposa Cecilia mirando por la ventana y la quimera bucólica del Idilio. Llegó a realizar 3.000 dibujos. Decían que Apeles (uno de los más grandes pintores de la Antigüedad, y el pintor elegido por Alejandro Magno para que le representara), no podía dejar pasar un día sin pintar. Por lo que parece, Fortuny tampoco. Su manera de contar las cosas era dibujando: dibujaba las calles, los artesanos, los tipos raciales…

Tampoco escribía las cartas, las dibujaba, como una en la que dibuja a su mujer Cecilia tocando el piano.

Cecilia Madrazo tocando el Piano

Ni tomaba notas en sus cuadernos de viajes, sino que hacía dibujos, apuntaba personas, objetos y animales que reflejaban su personalidad de hombre cosmopolita. Le encantaba dibujar animales, como los Camellos en Reposo. Pero también tenía una faceta distinta que le llevó a dibujar el Picador, porque se veía atraído por lo trágico, la brutalidad, la muerte, el peligro y por los efectos plásticos y trágicos que traen.

Su personalidad hermética se vio definida por su obra y sus actos. Tenía una gran consideración por sus obras, y por eso tuvo mucho cuidado con las copias que se realizaron y su destino. Su hijo colocaba un sello de certificación en todas las obras que salían de su taller.

La influencia orientalizante empezó en Granada, ciudad en la que realizó el 20% de su obra. Aunque la ciudad roja no fue lugar de contemplación exclusivamente para el pintor catalán, puesto que los románticos europeos, también se dirigieron a Andalucía en búsqueda de aventuras. Los prejuicios y tópicos construyeron imaginarios colectivos y en este caso, los europeos buscaban ir a Andalucía, a que los asaltaran los bandoleros, en busca de acción. Schiller escribió un drama, Los Bandidos, en el idealizó hasta el extremo la ruptura de todo vínculo con la sociedad, bajo el pretexto de reformarla.

Fortuny hizo copias de los más grandes autores. Se fijó en Tintoretto, Tiziano, Rembrant y Van Dyck y se centró en los que mejor cultivaron el color: Goya, Tiziano y Velázquez. Para los grabados se inspiró en Goya, en los Prisioneros.

Los pintores franceses estaban impresionados con Fortuny. Henry Regnault era el más entusiasta respecto a él, aunque Théophile Gautier también se mostró interesado. Focillon describiendo la Salomé de Regnault, encumbró la obra de Fortuny.

En Italia fue feliz. El éxito internacional requirió un descanso y el verano de 1874, viajó a Nápoles, a retirarse cerca de su amigo Morelli. Consiguió descansar acompañado de su familia y amigos, siendo una celebridad, en un clima parecido al de su amada Andalucía. Trabajó con más calma, alejado de las grandes ciudades y se pudo centrar en su arte, dialogando con su entorno natural.

Las pinceladas de Fortuny atravesaron el Atlántico y fueron una gran influencia para los pintores de América. Tuvo un gran tirón en el mercado de arte hasta la llegada de la 1º Guerra Mundial. Walters y Moore emulan la obra orientalista de Fortuny. El pintor puertorriqueño Francisco Oller trasladó lo oriental de su obra a las aguas cálidas caribeñas.

Pero Mariano Fortuny no solo fue uno de los mayores pintores de su tiempo, sino que también fue uno de los coleccionistas de objetos más importantes. Todos los grandes museos de la antigüedad tienen una obra que procede del atelier de Fortuny. Y no se quieren separar de ellos, como el león del Louvre o el vaso nazarita del Hermitage.

Coleccionó objetos de vidrio veneciano, una armadura japonesa, una arqueta pobre, una espada que realizó él mismo siguiendo las técnicas antiguas, un gran número de tapices y el vaso del marqués de Salah, que se convirtió en la joya maestra de su colección.

Fortuny fue un hombre único en su tiempo, que destacó por sus habilidades pictóricas en todos los campos a los que se dedicó.  Después de su muerte, se fundó la idea de que había desaparecido sin haber dejado una gran obra maestra, su genio se había dividido en obras fragmentadas. Sin embargo, realizó pinturas que todavía destilan magia. Sus pinceladas siguen mostrando una sensibilidad infinita, una mirada diferente que se aprecia en su obra, diferente también y, por tanto, única. Buscó diferenciarse de la moda de la época y se hizo eterno.

 

 

 

 

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